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JULIANA STERO

Es musicoterapeuta y trabaja en una fundación, un coro para niños y dos centros terapéuticos.

JULIANA STERO

La música es una hermosa manera humana de comunicación

Es musicoterapeuta y trabaja en una fundación, un coro para niños y dos centros terapéuticos.

A Juliana Stero le suelen preguntar “¿Músico qué…?” cada vez que ella cuenta de qué trabaja. Tiene 28 años y hace dos que se recibió de musicoterapeuta, una carrera que aplica la música a tratamientos relacionados con la psicología y la psicopedagógica. “Somos profesionales de salud orientados a la salud mental. Tenemos como foco trabajar con las emociones y las expresiones de las personas. El instrumento de la música funciona como lenguaje y como medio de comunicación con el que se interactúa con los pacientes”, cuenta Juliana, quien ya desde los 14 años se viene dedicando informalmente al campo de la niñez.

“De chica participaba de espacios comunitarios. Me gustaba pasar tiempo con chicos, jugar y cantar canciones”, rememora. Sobre el tramo final del colegio secundario, empezó a hacer el conservatorio de música. “Tenía ganas de ser médica, aunque también amaba la música, cantar y hacer teatro. Estuve en una especie de disyuntiva hasta que, en un guía del estudiante, encontré en la UBA la carrera de Musicoterapia”, agrega.

Stero, dice, se volvió “loca de la emoción”, porque aquello era la combinación perfecta que unía todos sus intereses. “Es una profesión hermosa. Se busca la ganancia expresiva y subjetiva, el empoderamiento de nuestros pacientes, por medio de experiencias”, completa esta mujer que tiene como instrumentos predilectos la guitarra y algunos de percusión. “Me animo también al bajo y al ukelele. Piano también, pero es más de caradura”, comenta entre risas.

Juliana lleva adelante esta vocación en varios lugares. Uno de ellos es la Fundación Buenos Aires, institución sin fines de lucro que se dedica a la asistencia psicológica. Allí, “se ofrece un espacio de tratamiento; en mi caso, llegan muchos niños pequeños con dificultad de lenguaje y de familias que tienen problemas de acceso a la salud por medio del sistema de obra social y prepagas”, cuenta la musicoterapeuta, quien trabaja con pacientes, en su mayoría, de entre tres y cinco años. “Son chicos que en esa edad no solo tienen dificultades con el lenguaje, sino con sus pares y con el mundo adulto”, dice.

Hace un tiempo ella tuvo un paciente de cuatro años que llegó con muchos problemas para comunicarse. “Hablaba en checoslovaco, había que decodificarlo bastante. Y encima tenía una situación de apego muy compleja con su madre”, recuerda. Juliana tuvo entonces que trabajar primero el vínculo entre ellos, ver en qué lugar se podía poner ella.

“A él le costaba subir al consultorio; la primera vez que vino me abrazó fuerte y me dijo algunas cosas, con su lenguaje. Entonces, con eso, compuse una canción. La hice improvisada y sobre lo que él me iba diciendo. Era una canción sobre unos pajaritos, había uno que quería volar, pero no se animaba, quería quedarse con su madre”, relata Juliana. El chico, después de escucharla cantar, logró separase de ella, de ese abrazo. “Pudo sonreír, agarrar un instrumento. Entendió que podíamos estar en relación juntos, sin estar abrazados. Se fueron dando un montón de cambios positivos. ¡Ahora está superexpresivo!”, se emociona.

Esta experta ejemplar tiene ocho pacientes en esta fundación, a la que va dos veces por semana. El resto de los días, alterna trabajando en un coro de niños y en dos centros terapéuticos. Es una –literalmente– auténtica mujer orquesta. Como si fuera poco, da clases en la Universidad de Buenos Aires.

El Coro de Niños de Chacarita es un espacio que a ella le encanta. “Son chicos de entre 6 y 14 años. Mi rol ahí es de asistente socioeducativo. Me dedico a poner la mirada en cuestiones de vulnerabilidad, en las áreas sociocomunitarias, de salud o de vivienda, tratando de crear un nexo entre la familia y las instituciones que atraviesan al chico”, cuenta.

Juliana, junto con un equipo de profesionales, han acompañado a muchas familias para que pudieran armar un mejor recorrido. “Ahora tenemos el ejemplo de una nena que, cuando llegó, no tenía vínculo con su mamá hacía muchos años. La trajo su papá, que hacía lo mejor que podía para criarla y al mismo tiempo trabajaba mucho. Pusimos el foco en el vínculo de ella con el canto, en la relación con ese padre que pudo finalmente hacerse un hueco e ir a verla la primera vez que hizo una presentación en el coro. Fue muy importante, ella estaba muy contenta y el padre no podía creer que su hija estuviera participando de un grupo y cantando sobre un escenario”, relata emocionada la profesional.

También, como decíamos, trabaja en dos centros terapéuticos: Mi Senda y ADIP. En cada uno de ellos atiende a chicos que tienen discapacidad intelectual severa o moderada. Claramente, es su trabajo más complejo. Para la joven musicoterapeuta, si hay una clave a la hora de trabajar con chicos con otras capacidades es la de, antes que todo –y antes que nada– escucharlos. “Tenés que habilitar la escucha abierta de cómo suena cada uno esos de esos chicos; siempre hay expresiones. No es que venís y decís: ‘Voy a tocar este instrumento de esta manera, te voy a ofrecer esto de la otra’. Hay que estar más atentos que nunca. La idea no es tanto estimular, sino acompañar y dar lugar a lo que el otro hace o me quiere mostrar”, cuenta.

¿La música cura? Juliana dice que, directamente, no. Pero sí ayuda. Y mucho. “Es una hermosa manera humana de comunicación, un lugar de encuentro para descubrir espacios”, define. La musicoterapia es, para ella, una gran disciplina de la salud. “Aporta mucho a la salud. Es un lugar donde siempre se trabaja en función de quién es nuestro paciente y cómo potenciar todo lo sano que tiene y cómo construir un espacio de encuentro desde lo saludable”, finaliza.

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